¡Viva el vino!

Hoy me gustaría brindar con todos vosotros con una buena copa del mejor vino. Creo recordar que la última vez que lo hicimos fue durante la vendimia.

Cualquier excusa es buena para hablar de este líquido elemento que nos da vida. Aunque en este caso lo hago para hacer referencia a la que me parece una estupenda iniciativa. Se trata de la tercera edición del Concurso de Vinos del Noroeste que, año tras año, organiza el Ayuntamiento de Ponferrada. El certamen acogerá una competición entre diversas bodegas de 17 denominaciones de origen del noroeste de España, así como de otras 8 del norte de Portugal. La cata de los vinos se llevará a cabo los días 8 y 9 de junio, en el Castillo de los Templarios de la capital berciana, mientras que para la cena habrá que esperar hasta el 18 del mismo mes en idéntico marco.

Dicho esto, es preciso mencionar que Ponferrada, y El Bierzo por extensión, se encuentra en el corazón de la denominada Línea de Wagner, a su paso por el Noroeste de la Península Ibérica. Hablamos de una región vinícola que va, nada más y nada menos, desde el norte de Portugal hasta Ucrania. Por lo tanto, durante unos días, Ponferrada se convertirá en  la capital europea del vino. ¿Qué mejor escenario para acoger este acontecimiento que una zona tan ligada al vino como El Bierzo?

Además, en esta edición el evento alberga un interesante proyecto que aplaudo, pues la organización ha decidido apostar por las nuevas tecnologías convocando el “I Premio Vinos y Blogs”, con el que hace un guiño a las blogosferas hispana y lusa. Para aportar mi pequeño granito de arena, voy a predicar con el ejemplo y con este post me sumo a la iniciativa. Vamos allá:

Como berciano de “pura cepa”, en mi caso -como supongo que en el de la mayoría de habitantes del Bierzo y de otras zonas vitivinícolas- es muy difícil establecer como comencé mi relación con el vino. Para ser sincero, no sé fui yo quién me acerqué a él o si él me encontró por casualidad.

Nuestro noviazgo empezó ya en el vientre materno, incluso antes de nacer, pues todo en El Bierzo gira en torno a la cultura del vino y de la agroalimentación en general. Y es que en cuanto a comer y beber… Y no me refiero a que mi madre bebiese vino cuando estaba embarazada, que no lo hizo, sino a que éste se lleva en la sangre. La atmósfera que lo envuelve unida a la tradición que se transmite de generación en generación hace que nos sintamos muy orgullosos de nuestros orígenes y conocedores de los nuestro, casi de una forma innata.

Imagen extraida de Concursovinosnoroeste.com

Ya de niño, rememoro uno de los momentos más felices de mi infancia: la vendimia. Es difícil de trasladar lo que siente un chico de 7, 8, 9 o 10 años cuando va a la viña. Es felicidad absoluta unida a un estado de libertad y de contacto con la naturaleza, con altos tintes de diversión. A lo que se suma esas ansias de descubrir nuevas sensaciones propias de estas edades. Navaja en mano, era la persona más feliz del mundo cortando racimos. Acción que competía por desbancar  de la primera posición de mis diversiones vinateras a la “pisada de uvas en la lagareta de mi abuela”. Aunque, sin duda, lo mejor de todo eran esas comilonas que nos metíamos entre pecho y espalda el día que recolectábamos las uvas. Empanada, embutido, pimientos… y, por supuesto, vino. Unas fantásticas viandas del Bierzo, que junto con el botillo, nuestro embutido rey, maridan divinamente con los caldos bercianos. Son, sin lugar a duda, el matrimonio perfecto. Aunque yo de aquella no lo sabía. Ni tampoco conocía el sabor de nuestro amigo tinto, porque lo tenía “prohibido”, aunque a esta edad tuve mis primeros coqueteos con él, en forma de su predecesor, el mosto.

También vienen a mi memoria diversas imágenes de aquella época. Había dos artilugios que llamaban enormemente mi atención: el porrón de mi abuelo y la bota de vino de mi padre. Buenas sesiones de entrenamiento con agua sirvieron para que, no sin mucho esfuerzo y tesón, aprendiera a utilizarlos. Todavía recuerdo la bota de vino de mi padre cuando íbamos a la huerta: ¡Menudo invento! Incluso en alguna ocasión utilizamos también un botijo. No hay nada como el agua de la presa para que el vino se mantenga fresquito.

Actualmente, disfruto bebiéndolo con moderación. Por lo tanto, no le hago ascos a una buena copa de un Ribera del Duero o Toro, similar este último en mi paladar a un Bierzo, que, para ser sincero, es realmente el que más me gusta. Y es que, en mi opinión, uno de los mayores placeres es saborear un mencía  en la boca y que luego éste te pase por el gaznate. Todo ello sin desmerecer a un blanco godello del Bierzo o a sus colegas gallegos Ribeiro y Albariño, que dicho sea de paso, entran muy bien.

Imagen extraida de Concursovinosnoroeste.com

Por ello,  me recreo con el vino en muy diversas situaciones: desde una cena con una buena botella de vino del Bierzo en un restaurante, hasta en la ronda por las bodegas de Molinaseca o por cualquier otro bar o local de la comarca. Aunque, para ser justos, creo que el mejor vino, después del de mi abuela, lo he probado en Sancedo (El Bierzo), en la bodega de César, el padre de mi amigo Pablo, que produce unos exquisitos caldos para consumo familiar, tanto blancos como tintos.

Por todas estas vivencias y experiencias, aunque no tengo muy claro cuando lo conocí, lo que sí sé es que siempre va unido a unos momentos muy emotivos. Ya sea por la felicidad de brindar por algo importante, por el sabor que te devuelve a tus raíces o por todos esos momentos vividos en la infancia y en el resto de la vida.

¡Viva el Vino!

Este post participa en el I Premio Vinos y Blogs.

2 Respuestas a “¡Viva el vino!

  1. Y como dice Manolo Escobar ¡Viva el vino y las mujeres!


    Saludos y a disfrutar

  2. Pingback: El Bierzo en otoño | Plumilla berciano

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